Para la mayoría de nosotros es difícil cuando hay que tomar una decisión que podría cambiar el rumbo de nuestra vida; lo pensamos mucho y nos cuesta trabajo superar ciertos temores. En el caso de tu llamada, tenemos la impresión de que tu respuesta fue inmediata, que aceptaste tu misión sin pensarlo mucho. ¿Cómo le hiciste?

He recibido puntualmente su breve carta, misma que no respondí de inmediato pues me he dado un poco de tiempo para pensar bien en la respuesta que ahora les escribo. Al repasar la historia personal y con el paso de los años, uno entiende muchas cosas que en su momento no alcanzaba a comprender.

Ciertamente, mi encuentro con el Señor en el camino de Damasco fue decisivo; a partir de allí cambiaron muchas cosas en mi vida; pero no fue tan sencillo cambiar de rumbo, como parece. Leyendo el relato de los Hechos de los apóstoles, se darán cuenta de esto que quiero decir. Yo pregunté: “¿Quién eres Señor?”. Y él me respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y te dirán lo que debes hacer” (Hech 9,5-6).

Me quedé ciego, no podía ver físicamente, pero tampoco alcanzaba a entender todo lo que me estaba pasando. En ese momento, después de ser llevado de la mano a Damasco, me preguntaba: “¿Por qué no me dijo de una vez lo que tenía que hacer? ¿No hubiera sido más fácil? ¿Quién me va a decir lo que debo hacer?”. El mismo relato cuenta cómo pasé tres días sin ver, sin comer ni beber (v.9); y este breve comentario puede darles una idea del proceso que yo había iniciado ese día. Ahí comenzó un largo y lento proceso de reflexión y de oración, de meditación de la Palabra y de procurar descubrir la voluntad divina en los acontecimientos diarios.

La comunidad cristiana de Damasco y más tarde la de Antioquía me ayudaron mucho a ir entendiendo mi nueva misión; me aconsejaban, me protegían y me enseñaban; aunque muchos todavía sentían desconfianza, pues no podían creer que yo, que era su más temido perseguidor, de pronto comenzar a anunciar también la Buena nueva de Jesús.

Ananías fue el primero en orientarme. Aún recuerdo sus palabras: “Saulo, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo”.

Muy pronto, cuando comencé a predicar en las sinagogas, me vinieron también las dificultades y la persecución. De ahí me fui a Arabia y después de tres años subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro (Gal 1,18). Más tarde me fui a las regiones de Siria y Cilicia, donde se encontraban dos ciudades muy importantes para mí: Antioquía, desde la cual más tarde emprendería el primer viaje con Bernabé, y Tarso, mi ciudad natal. Como pueden darse cuenta, pasaron aproximadamente catorce largos años, antes de lanzarme de lleno a la misión.

Para concluir, hay unos versículos de la carta a los filipenses que quisiera mencionar, y así quedará mejor respondida su pregunta: “Yo hermanos, todo lo que tenía como ventaja y privilegio lo juzgué como una pérdida a causa de Cristo.

No quiero decir que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera para alcanzarlo, como Cristo Jesús me alcanzó a mí. Yo, hermanos no creo haberlo ya conseguido. Pero una cosa hago: olvidando lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Flp 3,7.12-14).

Saluden a toda la comunidad. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos.